Un día leyó sobre atajos: grupos que intercambiaban “me gusta”, herramientas que prometían seguidores gratis, cuentas automáticas que parecían soluciones mágicas. Tentada, creó una cuenta en ese circuito. Al principio, los números subieron: su última foto pasó de 8 a 120 reacciones en una noche. La emoción fue real, pero pronto notó algo extraño: los comentarios eran genéricos, las cuentas que la seguían no interactuaban con nada más y, lo peor, un par de mensajes sospechosos le pidieron su contraseña para “optimizar” la cuenta.
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