María, estudiante de musicología, encontró el repack por casualidad una tarde de lluvia. Al abrirlo en su pequeño apartamento, la voz quebrada de Homero y las armonías de los corridos llenaron la habitación, pero había algo más: entre las canciones, una pista registrada en una bodega hecha con una guitarra desafinada y la respiración del cantante. Esa pista no figuraba en ninguna lista; era una confesión en forma de canción, un corrido no terminado que hablaba de despedidas, de deuda y de un amor que se volvió leyenda en las cantinas.