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Al abrirlo, las primeras viñetas le arrancaron una sonrisa: los bebés, idénticos en gesto pero distintos en pequeños detalles —una luna de lunares en el gorro del primero, y una estrella cosida en la rodilla del segundo—, descubrían el mundo con la urgencia de quien todo lo entiende y nada recuerda. El zorro, por su parte, aparecía y desaparecía en las esquinas de las viñetas como una nota al pie que el lector siente antes de verla. No hablaba mucho; en cambio, sus ojos hablaban por él: proponían caminos, ofrecían preguntas.